Baila la sirena
Juan sentado en su casa se preguntaba que estaría haciendo ella, su sirena, que había decidido ir al mar a mojarse los piecitos porque en cualquier momento si no lo hacía no saldría más su cola de sirena, y tendría piernas para siempre.
Ella le cantaba, le bailaba, le cocinaba, le hacía cosas ricas, le daba placer, lo entretenía, le daba amor, pero él siempre se quedaba con la sensación que ella se quedaba a medio camino.
Y era verdad. Esta sirena tenía un poco de miedo de los humanos, ya conocía la historia de una prima lejana que casi perdía la voz por uno de ellos, y que no solo no te dejaban disfrutar tu naturaleza de pez, sino que pretendían que siempre camines como ellos con sus dos piernas, con sus estilos y gustos, que los acompañes en todo, pero sin dar nada a cambio o muy poco.
El egoísmo sorprendía a las sirenas, porque ellas siempre fueron despojadas de todo, las olas iban y venían, nada era propio, la marea traía objetos que se llevaba con la misma facilidad, los peces tenían ciclos donde migraban hacia países muy lejanos, y muchas veces solo muy pocos lograban regresar junto a su descendencia.
Para ella era fácil desprenderse de todo así como dedicarse a todo cuando estaba cerca. Era muy común vivir el día. "Carpe Diem" le decía Juan. Pero esta sirena seguía asustada. Había padecido muchos maremotos, y otros tantos huracanes. Y la marea la había arrastrado hasta un mar profundo, que no le permitía volver a la superficie con tanta facilidad.
Juan no perdía la esperanza que esta sirena algún día pierda el miedo y lo invite a nadar con él, porque si bien él amaba la tierra y sus piernas, nadar juntos era lo que más llenaba su alma.
Fin.
Ella le cantaba, le bailaba, le cocinaba, le hacía cosas ricas, le daba placer, lo entretenía, le daba amor, pero él siempre se quedaba con la sensación que ella se quedaba a medio camino.
Y era verdad. Esta sirena tenía un poco de miedo de los humanos, ya conocía la historia de una prima lejana que casi perdía la voz por uno de ellos, y que no solo no te dejaban disfrutar tu naturaleza de pez, sino que pretendían que siempre camines como ellos con sus dos piernas, con sus estilos y gustos, que los acompañes en todo, pero sin dar nada a cambio o muy poco.
El egoísmo sorprendía a las sirenas, porque ellas siempre fueron despojadas de todo, las olas iban y venían, nada era propio, la marea traía objetos que se llevaba con la misma facilidad, los peces tenían ciclos donde migraban hacia países muy lejanos, y muchas veces solo muy pocos lograban regresar junto a su descendencia.
Para ella era fácil desprenderse de todo así como dedicarse a todo cuando estaba cerca. Era muy común vivir el día. "Carpe Diem" le decía Juan. Pero esta sirena seguía asustada. Había padecido muchos maremotos, y otros tantos huracanes. Y la marea la había arrastrado hasta un mar profundo, que no le permitía volver a la superficie con tanta facilidad.
Juan no perdía la esperanza que esta sirena algún día pierda el miedo y lo invite a nadar con él, porque si bien él amaba la tierra y sus piernas, nadar juntos era lo que más llenaba su alma.
Fin.
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