La gota que rebalsó
Mientras goteaba la bacha de la cocina, Samanta apagaba su último cigarro de la noche con la gota que salpicaba con un ruido vacilante en medio de la calma nocturna.
Afuera llovía y veía desde su ventana como caían las gotas, así como en su canilla, pero sin el artilugio de la ingeniería humana, era la naturaleza pura en su máxima expresión.
Esa naturaleza, la misma que con un virus, llamado corona virus, ocupaba el reinado del miedo y encerraba a todos los humanos que con sus artilugios antiguamente se creían reyes del mundo, reyes sin corona desplazados por un virus, un micro organismo invisible a sus ojos.
Samanta pensaba en todo lo que no le había dicho a Leo en su última charla, ya durante el encierro de la cuarentena.
"Si te hubiera dicho todo lo que sentía...
¿se hubiera quedado o se hubiese retirado antes?
¿sería capaz de desaparecer tanto como lo hizo hasta ahora?"
Palabras que resonaban en su cabeza, con un eco ensordecedor, más molesto que el ruido de la gota que continuaba cayendo en la bacha de la cocina.
Leo hacía meses no le hablaba, sus últimas palabras habían sido todo lo contrario. "no voy a tirar bomba de humo y tampoco dejaría de hablarte así porque sí." Pero irónicamente hizo todo al revés. No sólo desapareció de su vida, sino que jamás la contactó por ningún otro medio, lo trago la tierra, el miedo, el virus, la soledad, otra persona... vaya uno a saber.
Pero como todo final sin aclaraciones y con baches y silencios, quedan dudas, dudas que siembran y crecen como yuyos salvajes dentro del corazón y la mente de Samanta.
Ella igual no era ingenua, y sabía que nadie vale la pena más que ser ella su propia prioridad.
Ya había tenido otros desencuentros amorosos, solo que esta vez, esta vez este desamor le costaba un poco más, será por esa misma duda germinada, esos puntos suspensivos que la dejaron en una pausa interminable, no permitían que ella cierre todo con tanta facilidad.
"Era preferible que me llamé o me mande un mensaje diciendo cualquier cosa, por mala que sea...
- No, no quiero verte más...
- Estoy cansado aburrido, focalizado en mi carrera...
- Conocí alguien más, no me enganché como vos, perdoná...
- Creo que no estoy para algo serio, me parece que queremos cosas diferentes...
- Yo solo quería sexo, no quiero lastimarte...
- Estoy en otra... o simplemente creo que no tengo ganas de seguir."
Pero no, Leo dejó un silencio, tan absurdo como sus palabras, una "bomba de humo" tan grande como Hiroshima, y un silencio que gritaba a la distancia y los cuatro vientos algo tan simple como " no sé que quiero, o no me importas lo suficiente para aclarar nada". Samanta sabía que a él no le importaba, porque al menos por quedar bien, dejar una buena imagen de él mismo y no ser el guacho de la historia, terminar en buenos términos no le hacía mal a nadie.
Ella también sabía bien que hay muchos hombres, sino su mayoría, a los que no le gustan las peleas, la confrontación, y menos cuando no hay ganas ni amor, entonces se esconden en el silencio para que el mismo haga todo el drama por ellos.
"Yo quería un poco de misericordia, un poco de respeto pero nada. Terminó de la forma más cruel que cualquier conocido puede terminar con alguien, a quien no le importas un carajo." pensó.
Angustiada ya en su cocina, cerro más fuerte la canilla y dejó que la misma no goteé más.
Ahora el silencio de la noche se hizo más profundo. Algunas gotas de la lluvia estrepitando con los techos la hicieron sentirse más melancólica, triste y abatida, lo recordó por última vez, sabiendo que si alguna vez lo vuelve a ver, sabe que lo único que va a decirle quedará perdido en el silencio y las gotas contenidas en sus ojos.
Afuera llovía y veía desde su ventana como caían las gotas, así como en su canilla, pero sin el artilugio de la ingeniería humana, era la naturaleza pura en su máxima expresión.
Esa naturaleza, la misma que con un virus, llamado corona virus, ocupaba el reinado del miedo y encerraba a todos los humanos que con sus artilugios antiguamente se creían reyes del mundo, reyes sin corona desplazados por un virus, un micro organismo invisible a sus ojos.
Samanta pensaba en todo lo que no le había dicho a Leo en su última charla, ya durante el encierro de la cuarentena.
"Si te hubiera dicho todo lo que sentía...
¿se hubiera quedado o se hubiese retirado antes?
¿sería capaz de desaparecer tanto como lo hizo hasta ahora?"
Palabras que resonaban en su cabeza, con un eco ensordecedor, más molesto que el ruido de la gota que continuaba cayendo en la bacha de la cocina.
Leo hacía meses no le hablaba, sus últimas palabras habían sido todo lo contrario. "no voy a tirar bomba de humo y tampoco dejaría de hablarte así porque sí." Pero irónicamente hizo todo al revés. No sólo desapareció de su vida, sino que jamás la contactó por ningún otro medio, lo trago la tierra, el miedo, el virus, la soledad, otra persona... vaya uno a saber.
Pero como todo final sin aclaraciones y con baches y silencios, quedan dudas, dudas que siembran y crecen como yuyos salvajes dentro del corazón y la mente de Samanta.
Ella igual no era ingenua, y sabía que nadie vale la pena más que ser ella su propia prioridad.
Ya había tenido otros desencuentros amorosos, solo que esta vez, esta vez este desamor le costaba un poco más, será por esa misma duda germinada, esos puntos suspensivos que la dejaron en una pausa interminable, no permitían que ella cierre todo con tanta facilidad.
"Era preferible que me llamé o me mande un mensaje diciendo cualquier cosa, por mala que sea...
- No, no quiero verte más...
- Estoy cansado aburrido, focalizado en mi carrera...
- Conocí alguien más, no me enganché como vos, perdoná...
- Creo que no estoy para algo serio, me parece que queremos cosas diferentes...
- Yo solo quería sexo, no quiero lastimarte...
- Estoy en otra... o simplemente creo que no tengo ganas de seguir."
Pero no, Leo dejó un silencio, tan absurdo como sus palabras, una "bomba de humo" tan grande como Hiroshima, y un silencio que gritaba a la distancia y los cuatro vientos algo tan simple como " no sé que quiero, o no me importas lo suficiente para aclarar nada". Samanta sabía que a él no le importaba, porque al menos por quedar bien, dejar una buena imagen de él mismo y no ser el guacho de la historia, terminar en buenos términos no le hacía mal a nadie.
Ella también sabía bien que hay muchos hombres, sino su mayoría, a los que no le gustan las peleas, la confrontación, y menos cuando no hay ganas ni amor, entonces se esconden en el silencio para que el mismo haga todo el drama por ellos.
"Yo quería un poco de misericordia, un poco de respeto pero nada. Terminó de la forma más cruel que cualquier conocido puede terminar con alguien, a quien no le importas un carajo." pensó.
Angustiada ya en su cocina, cerro más fuerte la canilla y dejó que la misma no goteé más.
Ahora el silencio de la noche se hizo más profundo. Algunas gotas de la lluvia estrepitando con los techos la hicieron sentirse más melancólica, triste y abatida, lo recordó por última vez, sabiendo que si alguna vez lo vuelve a ver, sabe que lo único que va a decirle quedará perdido en el silencio y las gotas contenidas en sus ojos.
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